Oh Captain, my captain!

Las musas, esas caprichosas diosas griegas, esquivas y remolonas, que tardan en aparecer… Pero que cuando llegan te golpean en el medio del pecho, llenándote con una catarata de palabras , que salen a borbotones…Trataré de darles un órden, pero cuando la emoción aparece, se hace difícil!
Acabo de ver una entrevista que le hizo Francis Mallmann a su querida maestra del colegio primario, que, a pesar de la diferencia de edad con el tan mentado cocinero (Ja! Me hago la jóven…), yo también tengo el privilegio y gusto de conocer…
Y quién sino, que nuestra maestra de sexto y séptimo grado: la gran señora de Jones!
En los años 70, ir al colegio Woodville no era una cuestión de elegir nimiedades como colegio jornada simple o jornada doble, no era si querías colegio bilingüe y menos aún era una cuestión de privilegio. No para nuestros padres por lo menos. La cuestión era darte una buena educación aunque para eso tuvieras que hacer el sacrificio de vivir lejos de casa e irte a vivir pupila a un colegio en el medio del bosque; repleto de cipreses, mosquetas y angloparlantes.
A diferencia de mi hermana, que comenzó esa vida con sólo seis años, yo la comencé con casi ocho años, directo en tercer grado.
Los primeros días los recuerdo como una mezcla de tristeza por extrañar mi casa, emoción por compartir con mi hermana y confusión, no tanto por escuchar hablar en inglés, tanto como porque se me pidiera que yo hiciera lo mismo!
Unos de los primeros recuerdos que tengo, es estar ” comprando” (forma de decir ya que los pupilos no teníamos dinero, sino que se descontaba de un monto previamente abonado por nuestros padres) en el kiosco de Mrs.Cohen, que quedaba en su casa. Cuando me atendió le pedí: A paquet ( se escribe packet, pero lo mío era una adaptación spanglish) of pastillas of menta, please. Y ella me decía: peppermint. Y yo le repetía el pedido y ella me repetía la palabra. Hasta que terminé pidiéndole a paquet of pastillas of menta peppermint! Creo que estaba en séptimo cuando me di cuenta que era sólo peppermint lo que tenía que decir!
Tercero, cuarto y quinto grado tuvieron sus propias anécdotas, pero serán contadas en otro capítulo, ya que le quitarían palabras y tiempo a nuestra protagonista.
Llegar a sexto grado significaba estar del lado de los alumnos grandes del colegio. No sólo estabas pared de por medio con séptimo, sino que tenías a la Sra de Jones. En esa época no les decíamos seño ni profe. Se les decía sra de… O Miss o Mr más el apellido si eran maestros de inglés.
La Sra de Jones era una mujer imponente, morocha, alta, con un perfil digno de estatua romana; con el pelo corto o recogido en la nuca, ya que tengo el recuerdo de verle algunos clips; siempre vestida con pollera, camisa con pulover escote en v y zapatos con suela de creppe; la infaltable canasta de mimbre puesta en el doblez del codo y su familiar y agradable olor a pastillas Medex, que comía ( creo yo) no tanto por su crónica tos, como para ocultar el olor al placer oculto (para nosotros los niños) de algún cigarrillo.

También su voz tenía un timbre particular: clara; fuerte pero no estridente, que usaba cuál locutora con seguridad y autoridad. Imponía respeto con su presencia y con su actitud, aunque jamás nos gritó ni perdió su compostura.
Éramos un grupo bochinchero los Egresados 1981, divertido y bastante desobediente, pero la Sra. de Jones entraba y automáticamente hacíamos silencio y la saludábamos.

Ella era nuestra maestra de Lengua y Ciencias Sociales.
Nos introdujo a las ligas mayores de la literatura, comenzando por La Ilíada en sexto grado y Don Quijote en séptimo. Nos leía en voz alta y era tan entretenida en su forma de leer, que no queríamos que terminara la hora. Cuando relataba a Don Quijote, hacía la mímica tan vívida e interactiva, cruzando de un lado al otro del salón con su lanza imaginaria que creo que hasta los molinos de viento se materializaban en el aula!
Cuando, en cuarto año tuve que leer Don Quijote, lo comencé con el entusiasmo de los relatos de mi recuerdo, sólo para encontrarme con un libro escrito en español antiguo y aburrido, sin los colores de un Sancho Panza con voz graciosa, ni una Dulcinea alegre, ni menos que menos un Don Quijote valeroso, activo y lanceador como el que la Sra de Jones nos presentó…
En un plano más tranquilo, nos introdujo a la ortografía y caligrafía, también conocido como el proceso de aprender a escribir sin errores, con letra clara y bien formada . Para eso había varios pasos: 1) Nos dictaba un texto sobre la guerra del Peloponeso (juro que se me vino a la memoria esa guerra y ni siquiera me acordaba de que existiera!) 2) Nos corregía el texto a cada uno 3) Teníamos que escribir en caligrafía cada palabra que hubiéramos tenido con errores 4) Luego había que utilizar en oraciones cada una de esas palabras. 5) Llevar a corregir nuevamente y, si Dios no te ayudaba, repetir el proceso con todas las palabras que te hubieras equivocado!
A mí particularmente, me interesaba más la parte de caligrafía que de ortografía. Mi objetivo era lograr una letra igual de bella, redonda e impecable que la de ella. Pero un día, a mitad de séptimo, la sra de Jones, luego de corregir la tercera vuelta de errores, me miró con esos ojos marrones oscuros e impenetrables y me dijo: si seguís así, vas a repetir. Sin amenaza, sin enojo, sólo nombrando un hecho. Y me llegó hasta la médula. A partir de ahí, la caligrafía pasó a segundo plano y aunque nunca llegué a tener una letra tan hermosa como la de ella, comencé a tener ortografía impecable, en la que trabajo todos los días de mi vida, porque me da miedo repetir!
También nos llevó al conocimiento de las poesías; cortas, largas, con rimas o sin ellas. No sólo había que copiar del pizarrón en sexto o escribirlas a través del dictado en séptimo, sino que había que memorizarlas para el viernes, donde, al azar teníamos que recitar la poesía hasta que le pidiera al próximo que continuara. Si habías estudiado era como jugar al Bingo y si no habías estudiado era como jugar a la ruleta Rusa, pero siempre era jugar.
Así fue como aprendimos las nueve estrofas, más el estribillo del Himno Nacional, en su versión original y La Canción del Pirata, entre otras muchas que no recuerdo.
Lo interesante de tal enseñanza a tantas generaciones es que aún habiendo diferencia de edades, recitar La Canción del Pirata te hace uno.
Muchos años después, recién recibida de maestra, tuve la oportunidad de hacer una suplencia en el colegio Woodville,en el que aún la sra. de Jones era directora. Como yo vivía en la entrada del pueblo y ella venía desde el río Limay, acordamos que me buscaba por la ruta.
Uno de los primeros días, cuando, luego de saludarnos, me preguntó cómo estaba, yo le contesté: con fiaca… Esa fue la última vez que recibí un reto que duró desde la estación hasta el colegio. Los que conocen, saben que son como seis kilómetros! Pero todavía lo disfruto, porque tuve la oportunidad de compartir su mundo adulto y todavía poder aprender de ella.
La Sociedad de los Poetas Muertos tuvo a su Oh Captain, my Captain! Y nosotros los Old Woodvillians tuvimos a nuestra queridísima Edith, sra. de Jones…

 

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