Historias invernales

Hoy volvió a nevar… Según la leyenda urbana patagónica, nieva mucho cada 11 años, por lo tanto he vivido, hasta ahora, 5 temporadas nevadoras.
Pero en mi memoria de niña, todos los años hubo nieve.
Ya saben que vivir en Pilca fue un privilegio, pero vivir en Pilca en invierno era espectacular!
Comenzaba a nevar a la tardecita, con copos finitos, finitos, parecidos a una lluvia de azúcar impalpable. Y seguía nevando toda la noche. Cuando te despertabas era hermoso mirar para afuera y ver todo tapado de nieve. Y como continuaba nevando, no te dejaban salir a jugar. Hasta que de tanto insistir, quebrabas la determinación de los adultos y te decían que si. Entonces ahí comenzaba la aventura.

Reunir todos los materiales de lana que te pudieran abrigar: guantes,el desafío era encontrar dos del mismo tamaño y que no te lo ganaran tus hermanos; medias, encontrar el par; gorros, todos tejidos por tu mamá, a mano o con la máquina de tejer Knitax, una ruidosa aliada a la hora de hacer cosas en lana. También había que encontrar bufandas, mientras más largas mejor.
Arriba de las capas de lana, venían la campera y las botas de goma, frías como el corazón de tu ex, copiando una frase referida a la cerveza. Pero tenían una ventaja las botas de goma: eran muy resbalosas, con lo cuál te proveían de diversión extra al caminar.
Etapa tres: pelear con tu mamá para que te deje usar las palanganas. Había una de plástico redondeado en el fondo, muy buena para resbalar. Había otra redonda, pero con el fondo plano, muy mala y estaba la mejor, que era enlozada ( como los mates de lata para tomar mate dulce), que resbalaba mejor que un trineo. Vale mencionar que un trineo era algo que se veía en los dibujitos de las revistas de Pato Donald, solamente.
Usando la ley del gallinero, mi hermana se quedaba con la enlozada, yo con la redondeada y mi hermanito con la plana. No les de pena mi hermano, que fue el único que a la larga tuvo un trineo.
Luego de esperar a todos que se vistieran de invierno, ya que la política era “salen todos juntos, entran todos juntos” , venía la advertencia: ” no entren y salgan. Salen hasta que se cansan y después entran y listo” y allá nos íbamos, directo a la loma que estaba adelante de mi casa.
Subir a los resbalones, empujar la palangana hacia arriba, para hacer el camino para bajar.
La primera bajada, un chasco. La nieve no estaba apelmazada todavía, asique bajabas empujándote con los talones y haciendo ruido como de apretar maicena, crc,crc,crc. Ni que hablar de tu hermanito, que no lograba mover su palangana y había que empujarlo hasta abajo…
Pero a la cuarta o quinta vez, el caminito estaba a punto y comenzabas a bajar a los piques. Para la décima vez, tenías que tener cuidado de no estamparte contra la pared del archivo (una casita chica, donde se guardaban los papeles viejos de la estancia).
Mientras tanto, llegaban tus amigos y se sumaban al descenso. La paz duraba un rato, hasta que el primero tiraba una pelota de nieve. Al principio eran blandas y juguetonas, luego se apuntaban a la cara, se le agregaba un apretado que las hacía casi piedra y si no finalizaba con un ojo morado, terminaba con una persecución vengativa, con cara de sacados, hasta lograr meterle nieve en el cuello al otro, para que le resbale por la espalda y le moje hasta el cucu. Nunca terminaban bien esos juegos. Mi mamá, con una vista privilegiada del campo de batalla, nos llamaba a tomar la leche justo cuando las condiciones se comenzaban a extralimitar.
Entrar era otro procedimiento: sacudirte la ropa, tratar de sacar lo pelotones de nieve de la ropa de lana, sacarse las botas de goma sin pisar los pelotones de nieve con las medias de lana. Sacarte las medias de lana y ponerlas a secar en el cordel arriba de la cocina a leña. Escuchar y ver como cae la nieve arriba de la cocina a leña. Cae la nieve, hace pshhhhhhhhh, se convierte en una gota hierviente, desaparece hecha vapor y deja una marca en la cocina. Y así, hasta que los pies helados te sacan del hipnotismo. Buscar pantuflas de corderito, ponertelas y comenzar a sentir las puntadas de los pies entrando en calor. Sentarte a la mesa, tomar un chocolate caliente, con pan casero y dulce de leche, también casero, es el cielo en la tierra…
Entramos en calor y ya no tenemos hambre… Hora de volver a salir!

La primer nevada grande que me acuerdo es la de 1984. La de mi cumpleaños de 15. Hermosa nevada. Caminar a las dos de la mañana, con tus amigos ; con la nieve en polvo arriba de las rodillas es como la propaganda de esa tarjeta de crédito: no tiene precio!
La aventura de volver hasta Bariloche en caravana, con la máquina topadora abriéndote camino y tardar 5 horas, tampoco!
Como regalo de los 15, recibí un equipo de esquí nuevo y el pase de temporada. Fue el mejor regalo que pude tener. De tanto ir al cerro, me hice un grupo de amigos que hacían el curso de instructores y me usaban de conejillo de indias para sus prácticas , entre todos me ayudaron a (tratar de) pulir mis movimientos autodidactas y terminé esquiando hasta en nieve onda, cosa que logré solo esa temporada. Fue el mejor invierno de mi adolescencia!

El próximo gran invierno fue, efectivamente, once años después, en 1995, el año en el que nació Ramiro.
Nevaba con copos grandes, juntaba mucha nieve. Helaba y la nieve se mantenía. A los tres días volvía a nevar con copos grandes, volvía a helar y así hasta finales de septiembre.
El 6 de Julio, nevó durante todo el día, tanto, que para ir al control prenatal, tuve que ir caminando, acompañada por mi hermana, con la nieve tapándonos las pantorrillas. Lejos de ser un sacrificio, fue un paseo hermoso y divertido, que todavía recuerdo como la última aventura, antes de adentrarme en el maravilloso y caótico mundo de la maternidad, sólo 14 horas después.
En esa época, teníamos un amigo que nos había dejado el auto prestado, mientras se iba a trabajar a Argelia. Era un Renault fuego, que es como decir un súper auto deportivo de hoy, con poco espacio entre las butacas de adelante y atrás. En ese auto salíamos a pasear con el recién nacido Ramiro. Lo poníamos en la parte de atrás, en su portaenfant, una especie de moisés, con manijas. Y allá nos íbamos a ver la nieve. Tan poco acostumbrados estábamos a la paternidad, que no controlamos el asiento de atrás, hasta que escuchamos un llanto de gatito. Cuando me doy vuelta a ver, no veo el moisés! Resulta que Gusti tuvo que haber frenado el picante auto en algún lado y el moisés resbaló hacia adelante y cayó entre los asientos, quedando de costado con el bebito nuevo!

Desde 1996 en adelante no recuerdo una gran nevada, pero recuerdo muchas nevadas que me tocaron del otro lado del cuento. Del lado de madre. Muchas nevadas de buscar guantes, que ya no eran de lana, pero que se mezclaban los tamaños; de medias, que sin ser de lana, siempre faltaba el par; de gorros de polar y bufandas reemplazadas por cuellos de algodón… pero con la misma premisa: salen juntos, vuelven juntos y sobre todo con la indicación de no salir y entrar miles de veces.
No hubo que pelear por las palanganas, porque siempre hubo abuelos generosos regaladores de trineos y las botas de goma se transformaron en botas importadas con cuerito adentro.
La loma se alejó una cuadra, los trineos tardaron en deslizarse en la primer bajada, pero en la décima había que tener cuidado de no pasar de largo hasta LES, el laboratorio de análisis clínicos, cuatro cuadras más abajo.
El procedimiento de entrada se mantuvo igual, aunque los radiadores cumplieron la función de cordel, el Nesquik reemplazó al chocolate, Sancor al dulce de leche casero y con algo de esfuerzo, el pan siguió siendo casero.
Los cachetes congelados, los pies fríos, la alegría de un buen día de invierno y las ganas de volver a salir apenas se te pasó el frío se repitieron exactamente igual en esta nueva generación!

Durante varios inviernos fuimos esquiar en familia y con amigos. Qué privilegio! Compartir las pistas con tus hijos y con tus amigos. Subir en aerosilla, charlar, amar el paisaje que te rodea, deslizarte hasta la base haciendo un tren largo, lleno de adultos y niños, todos felices y cansados después de un hermoso día de esquí. Hay vivencias que hasta que no se escriben, no adquieren la importancia que tuvieron…

Hasta tuvimos la fortuna de conocer nieve de otros lugares. Nieve de Steamboat, Colorado, EEUU.
Nieve distinta a la del hemisferio sur. Seca. Tan seca que podés tirarte, revolcarte, pararte, sacudirte y no haberte mojado ni un pelo. Nieve esponjosa. Hasta nombre tiene! Champagne powder le dicen. Polvo de champagne. Tomá mate!
Nieve que para esquiar es alucinante! Yo, que no soy buena esquiadora, me sentía a cargo. Yo comandaba a los esquíes. No como acá, que ellos me llevan a mí.
Nieve que quiero volver a ver. Nieve que quizás me haga cambiar la promesa de que hasta que no me entre el último pantalón que me compré, no vuelvo a pisar una pista…
( Tanta intriga me dió saber cómo me quedaba el pantalón, que me lo fui a probar… Levanten la mano izquierda , formen la letra L, apunten las puntas para arriba…Eso es lo que me falta para que me cierre!!! Temporada 2020, con suerte nos vemos ahí…)

La gran temporada 2017 me encuentra sin esquiar , pero con el disfrute de ver nevar, intacto. Cada una de las nevadas que cayeron tuvieron su encanto, pero la que juntó más nieve la disfruté más porque la pude compartir con Cata, que ama la nieve.
Fue una nevada que comenzó con copos finitos y constantes, sin nada de viento, que nos dió la oportunidad de ver los árboles llenos de nieve, como hacía mucho que no veíamos.
Ver nevar es hermoso, pero cuando nieva sin viento, pacífica y silenciosamente, es como una bendición directa de las manos del creador!
Como en los viejos tiempos; Gusti, Cata y yo, nos tomamos el trabajo de buscar guantes, gorros, bufandas y botas; y salimos a caminar en plena nevada. Otra vez la nieve hasta las rodillas, otra vez los copos en las mejillas, otra vez la alegría de ver nevar, otra vez el silencio único…sólo nos hubiera faltado el chocolate caliente, el pan, el dulce de leche casero y Ramiro para que fuera perfecto!!

 

3 comentarios sobre “Historias invernales

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